Bring Me The Horizon, Vurtist, RM, SHINee

Las letras ya no importan: la era de la música sin alma

“La gente ya no escucha las letras”. Esta frase se quedó conmigo por días, y más porque fue dicha por el mismísimo Nam-yoon, aka RM, líder de BTS y quien, además, es uno de los letristas más prolíficos de Corea y no solo eso, uno de los mejores escritores de su generación, pero, lamentablemente, sus palabras resaltan una triste verdad. Es cierto, son pocas las personas que prestan atención a las letras y la prueba está a simple vista. 

Las listas de lo más escuchado están plagadas de canciones con letras repetitivas y genéricas, escritas por un escuadrón de más de diez personas, y me imagino que las reuniones se parecen más a las de un departamento de marketing para ver qué línea es más pegadiza o va mejor con el algoritmo, pero las masas las corean a todo pulmón. 

Parece que el mundo de las historias ha entrado en crisis en todos sus formatos, desde la literatura hasta la música; el filósofo Byung-Chul Han no habla como tal del tema de la música en su libro La crisis de la narración, pero es evidente que hay una correlación entre lo que expone y el reflejo de lo que escuchamos en la radio, o más bien en el streaming. 

Música para no escrolear ni pensar 

Si nos vamos atrás en la historia, la música siempre ha sido una parte importante para contar historias, desde los bardos que iban de pueblo en pueblo cantando las historias épicas, pasando por las grandes óperas, hasta llegar al blues, el rock y los géneros modernos. La música, como la literatura, ha sido una parte esencial para transmitir cultura de generación en generación, pero hoy en día ese valor se está difuminando lentamente. 

Como todo en la actualidad, la música ahora también debe cumplir con ciertas fórmulas y requisitos, principalmente para ser considerada por los algoritmos encargados de determinar lo que “está en tendencia” y, en un segundo plano, para mantener la atención de las personas, cuya capacidad de atención, hay que decir, va cayendo con el paso del tiempo. 

Por ello, lo que suena es música sencilla, con un ritmo lo suficientemente pegadizo para que lo traigas en la mente un rato, pero no tan recordable como para que te impida saltar a la siguiente canción de moda. Además, hay que pensar que las nuevas generaciones ya no consumen la música de forma tradicional; ahora la hacen acompañada de un video atractivo que los haga querer verlo hasta el final. 

En el caso de las letras pasa lo mismo: lenguaje limitado y burdo, repetitivo, directo, sin sentido lírico y, en gran medida, vulgar, muy alejado de las historias que muchos de los grandes hits de décadas pasadas contaban, escritas para hacernos sentir, reflexionar o simplemente expresarnos. 

Antes, un álbum estaba pensado (en muchos casos) para que tuviera un tema rector y, en otros, para que se contara una historia desde la primera canción a la última; por eso era común que los artistas no sacaran música como hamburguesas de McDonald’s; a veces teníamos que esperar años a que volvieran con algo nuevo. Tan solo por poner un ejemplo, entre los discos de Thriller y Bad de Michael Jackson hay 5 años de diferencia.

Hoy en el mundo de la inmediatez eso es casi imposible; son pocos los artistas que se pueden dar ese lujo. Se necesita seguir produciendo para estar en la mente de los consumidores, o más bien en su feed de redes sociales, especialmente TikTok, que, como en todo, ha cambiado la forma en que se consume la música. 

Hay que decir que, aunque TikTok tiene gran parte de la culpa, Spotify también tiene su parte, pues, al ser la principal fuente de monetización de varios artistas, si no logran que escuches más allá de la barrera de los 30 segundos, no reciben sus regalías, que cabe mencionar son compartidas con las disqueras. 

De esta dupla explosiva es que ahora la norma sea que la música se mida en singles, que no pasen de los 2:40 y que tengas la fórmula mágica mencionada anteriormente, todo para que el usuario (porque no pueden llamarse oyentes) se quede, tenga su shot de dopamina instantánea, se la pase bien y se desconecte.  

Es cierto que cada que se alinean los planetas y el algoritmo tiene un destello de cordura, sale un artista emergente que gana algo de popularidad, pero lo cierto es que la mayoría son efímeros. Es posible que haya más casos donde la plataforma sume más a artistas con cierto camino recorrido, como Sleep Token, Bad Omens o Bring Me The Horizon, donde TikTok jugó un papel importante para incrementar la popularidad de los primeros y atraer a las nuevas generaciones al tercero.

Pero las redes sociales son solo una parte del problema de que las personas ya no se detengan a escuchar las letras; hay más en la mesa y, no tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que el mismo RM se topó con la pared con otro de los culpables: las productoras.  

La era del contenido sin alma

Y aquí cabe para una pregunta: ¿qué vale más, un artista o un performer? El primero puede darte canciones complejas, con una estructura bien pensada para contar una historia y transmitir un sentimiento que se quede grabado, no solo en la memoria, sino también en el corazón; incluso hay casos en los que puede que también sea un gran performer en el escenario. Ejemplos que cumplan con los dos casos me sobran. 

En el caso del performer, bueno, en algunos casos puede que tenga buena voz (no es lo más importante y se nota), pero lo que importa es que pueda hacer un show; lo demás es secundario. Un ejército de letristas, compositores, arreglistas y productores, de la mano de un buen equipo de marketing, siempre puede hacer la magia para posicionar la música en los primeros puestos de los ránkings.

Y si no hay para un equipo tan grande, ahora está la ayuda de la inteligencia artificial para sacar los beats, las letras y hasta los coros, incluso midiendo qué porcentaje de viralidad puede alcanzar. 

Con esa comparación, el de mayor valor en el ámbito de la música debería ser el artista, uno completo, ese que llegue al corazón de la gente y llene estadios cuyo público coree sus letras al unísono, pero desde hace un tiempo dejamos de vivir en un mundo que apuesta por el talento y lo que importa es lo que venda. 

No importa si no cantan, si las letras son malas o la música es mediocre; si vende y puede ser un show (no necesariamente en los escenarios, también vale que sea en redes), eso es lo que importa para firmar un contrato de millones y hasta ponerte en las grandes fiestas de la música. 

Es doloroso, porque la generación de dinero por parte de la industria no solo nos está llenando de música mediocre solo para apagar el cerebro, sino que también nos está privando de talentos que sabemos que tienen el potencial, pero que, por cumplir con lo que está de moda hoy, no los dejan escribir solos sus letras ni tener la libertad creativa para contar sus historias de la forma que quieren.

El panorama no se ve muy alentador por lo que se ve en las tendencias, pero siempre podemos tener un poquito de esperanza.

Aún hay esperanza 

A pesar de que los algoritmos sean los que marcan el compás con el que suena la nueva música, siempre hay quienes quieran ir en contra de la corriente, porque todavía tienen una historia que contar, como dice Hwang Jin-man en Hacemos lo que podemos: “Todas las historias son gritos de que existimos… Toda escritura comienza con la esperanza de ser leída” o, en este caso particular de la música, de ser escuchada, y bajo ese deseo es que todavía hay grupos y cantantes que se atreven con propuestas únicas. 

No voy a pecar de ingenua y decir que en todos los géneros musicales habrá salvación, porque muchos ya están condenados, pero siguiendo con la premisa de que aún hay artistas que tienen algo que decir y compartirlo con el mundo, existe la posibilidad de que la música siga teniendo su valor y nos siga acompañando en nuestros días oscuros, en los brillantes, en los felices, en los dolorosos. Que siga siendo esa herramienta de catarsis que nos ayude a comprender, a soñar, sentir e imaginar, a expiar nuestros demonios o a gritar a los cuatro vientos nuestra alegría, no solo a través del ritmo, sino también a través de sus letras. 

En los últimos años, donde he encontrado ese valor es en el rock, el metal, el pop alternativo y en el K-pop; posiblemente sea por su naturaleza tan dinámica o porque son géneros tan vastos que permiten romper las reglas de lo establecido. 

Ahí está Bring Me The Horizon, que ha redefinido el género del metal y ha cerrado una narrativa postapocalíptica sobre la humanidad. Imminence y Vurtist no tienen miedo de hablarnos de la oscuridad más profunda, mientras que ONE OK ROCK prefiere alentarnos a ser la mejor versión de nosotros, aunque fallemos. Sleep Token, The Rose y August-D/Suga han encontrado la manera de sanar a través de la música, cada uno a su manera y por un camino diferente, uno más espinoso que el otro. 

SHINee creó y sigue creando todo un universo de letras que nos alientan a ser uno mismo, a seguir nuestros sueños y ser resilientes ante la adversidad. Por otro lado, BTS, en su faceta de Persona, se atrevió a explorar los temas más complejos sobre lo que es crecer y sobre la búsqueda de la identidad. Y la lista podría seguir y seguir. 

Me parece que la opinión de RM sobre que las personas ya no escuchan las letras es correcta; la mayoría no presta atención, solo busca ese shot de dopamina con beats pegajosos poco complejos, pero para todos aquellos artistas que quieran arriesgarse y luchar contra corriente para contarnos sus historias, aún hay quienes buscamos esas historias que nos vuelvan a hacer enamorarnos de la música una y otra vez.

Hoy te invito a que pongas esa playlist con tus bandas favoritas y pongas toda tu atención a lo que tienen que decirte. 

¡Feliz tarde de música! 

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