Todos conocemos al menos el nombre de Frankenstein, ya sea por las adaptaciones, fanfics o por las decoraciones de Halloween; algún que otro por el libro, pero a veces se siente desproporcionada su fama y las reflexiones sobre la criatura en comparación con la conversación sobre la joven de 18 años que le dio vida.
Su educación, sus vivencias y el contexto en el que creció se ven reflejados en la que fue su ópera prima y su libro más recordado, pero vamos por partes para conocerla un poquito más.
El inicio de la historia y el monstruo
Mary nació el 30 de agosto de 1797 en Londres como Mary Wollstonecraft Godwin; el apellido que todos conocemos (Shelley) lo adoptó años después cuando se casó con el poeta Percy Bysshe Shelley. Fue hija del escritor y periodista William Godwin y la filósofa y escritora Mary Wollstonecraft, ambos grandes e influyentes intelectuales de la época, aunque Mary solo creció con su padre y su media hermana, Fanny Imlay, ya que su madre murió poco después de su nacimiento.
Godwin la describía como valiente, impetuosa, de mente abierta y con una sed de conocimiento casi obstinada, características que pueden derivarse de su contexto: su educación no fue la típica de una niña de clase media en el Londres de finales del siglo XVIII, sino una formación informal pero intensísima, rodeada de los intelectuales liberales que frecuentaban a su padre, por lo que Mary creció escuchando debates filosóficos y políticos en su casa. No es casualidad que años después escribiera algo tan filosóficamente inquieto como Frankenstein.
Y adentrándonos en su obra más emblemática, no podemos olvidar la historia de cómo nace: En el verano de 1816, Mary, Percy, Lord Byron y John Polidori viajaron a Suiza, donde se hospedaron cerca de la Villa Diodati, a orillas del lago Lemán. Ese año resultó ser un verano especialmente extraño, por decir lo menos: la erupción del volcán Tambora en 1815 provocó un cambio en la atmósfera que causó el conocido “año sin verano”. La lluvia constante y el encierro forzado los llevaron a leer un libro de historias de fantasmas alemanas llamado Fantasmagoriana.
Tras quedarse con la idea de las historias, decidieron hacer una competencia de relatos siguiendo esa temática. En una carta publicada en la versión de 1831, Mary cuenta que la idea de Frankenstein le vino a la cabeza después de escuchar sobre los experimentos de Luigi Galvani, que hacía contraerse los músculos de ranas muertas con descargas eléctricas, y de las especulaciones de Erasmus Darwin (abuelo de Charles Darwin) sobre la posibilidad de reanimar materia inerte con electricidad y de un sueño escalofriante producido por los relatos.
Transformar el dolor en legado
Dejando de lado la historia del inicio de la primera y más memorable obra de Shelley, es necesario resaltar que en sus palabras se reflejan otros sentimientos que permanecieron en el corazón de la escritora durante toda su vida: la pérdida y la orfandad. A los pocos días de nacida murió su mamá. Su media hermana Fanny se suicidó. Y a lo largo de su vida perdió a tres de sus hijos. Sabiendo esto de antemano, al leer Frankenstein, en el trasfondo, más que una historia de terror sobre un científico que juega a ser dios, se vuelve una reflexión sobre la orfandad, el abandono y la culpa de crear algo y darle la espalda.
Tampoco es casualidad que esta novela naciera en el tiempo de la Revolución Industrial y los avances de la ciencia y la medicina. El terror, como género, casi siempre resurge para procesar esas rupturas, y Shelley lo dijo con sus propias palabras: quería hablar de los terrores misteriosos de la naturaleza humana, despertar miedos que dejaran al lector con la sangre fría y el corazón acelerado.
A pesar de lo que se cree en el imaginario colectivo, después de Frankenstein o el moderno Prometeo vinieron Mathilda, Valperga, El último hombre, Perkin Warbeck, Lodore, Falkner, pero ninguna tuvo el mismo impacto literario que su ópera prima.
Cabe destacar que el reconocimiento más importante de su obra llegó después de su muerte, sobre todo gracias a las adaptaciones que llegaron al cine. La primera fue la de 1931, protagonizada por Boris Karloff, y fue justo esa versión la que fijó la imagen popular de la criatura. Sin embargo, esa imagen está muy alejada de la verdadera personalidad del personaje original.
Al día de hoy, es innegable que Shelley, de la mano de Frankenstein y El último hombre, dejó un legado literario invaluable: poniendo las bases para lo que hoy conocemos como ciencia ficción y convirtiéndose en una figura de peso del romanticismo británico, corriente que influyó directamente en el romanticismo oscuro, del cual Edgar Allan Poe fue uno de los referentes.
Mary Shelley murió en 1851 a los 53 años a causa de un tumor cerebral, y a pesar de que solo una de sus novelas trascendió al nivel de clásico, no se puede discutir el valor que esa historia ha tenido a lo largo de las generaciones, helando nuestra sangre como quería y, lo más importante, haciéndonos reflexionar sobre hasta dónde se puede llegar por jugar a ser dios.
¡Feliz lectura!








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