Albert Camus, El extranjero, La caída y El mito de Sísifo

Albert Camus, ¿referente del nihilismo?

La pregunta, más que ponerlo en duda, surge porque Albert Camus siempre quiso distanciarse de esa corriente y del existencialismo; aun así, hay que decirlo, hasta la fecha sigue siendo considerado una de sus figuras y padre del absurdo.

Para tener el contexto de la obra de Camus, bien vale la pena conocer un poco de quién era y la época en la que le tocó vivir.

La marca de las guerras y conflictos

Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia, cuando esta todavía era una colonia de Francia. Era descendiente de colonos dedicados al cultivo de nuez de la India, lo que lo llevó a vivir con el estigma de ser 100 % argelino y en Francia ser considerado un ciudadano de segunda clase, lo que lo llevó a sentirse como un extranjero en ambos países.

En la Primera Guerra Mundial, su padre fue reclutado por el ejército francés y resultó herido en combate; aunque fue llevado al hospital, murió poco después. Albert apenas tenía un año de edad. A pesar de no haberlo conocido, su padre le dejó la firme convicción de rechazar cualquier acto de una persona. Además, Camus tuvo una beca otorgada a los hijos de soldados o víctimas de la Primera Guerra Mundial, lo que le permitió estudiar hasta el bachillerato.

En su juventud, Camus, además de ser un apasionado por la filosofía, disfrutaba de los deportes, en especial de la natación, el boxeo y el fútbol; llegó a ser portero de un equipo, pero la tuberculosis lo apartó de las canchas. Siguió su camino en las aulas estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de Argel, con la intención de dedicarse a la docencia, pero fue rechazado por su enfermedad.

Como muchos escritores (por ejemplo, García Márquez, Hemingway, Orwell), antes de consagrarse como escritor se dedicó al periodismo, fue corresponsal de uno de los periódicos locales, el Alger Républicain, en el cual expuso las primeras acciones que años más tarde llevarían a la guerra de independencia de Argelia.

Debido a sus trabajos periodísticos y a sus choques políticos, en 1940 tuvo que salir de Argelia, pues las presiones del gobierno le hicieron imposible encontrar trabajo, por lo que se mudó a París. Siguió trabajando como periodista y como lector de textos para la editorial Gallimard. Durante la ocupación alemana se unió a la Resistencia francesa y, hacia 1944, asumió la dirección de Combat, el periódico clandestino del movimiento.

Durante su vida transitó principalmente por las corrientes de izquierda, participando en asociaciones comunistas, pero terminó cuestionando sus doctrinas hasta llamarlas una nueva religión. Al final, final mostró un mayor interés y acercamiento a círculos libertarios y anarcosindicalistas.

Albert Camus murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de automóvil.

Vivir consciente de lo absurdo

Como escritor, Camus se desempeñó en la novela, el teatro y el ensayo, y este último, el más conocido, ya que es en estos donde reflexiona, principalmente, sobre la condición humana, principalmente del choque entre la necesidad humana de sentido y el silencio de una existencia que no lo ofrece. De ahí de donde nace la corriente del absurdo.

Para Camus, el absurdo podía manifestarse en momentos clave a lo largo de la vida, como la pérdida de un ser querido, la monotonía de lo cotidiano o alguna mala racha que lleve a la persona a sentir que la vida no tiene sentido, ya que, al final, todo sigue igual, tal como Sísifo, que continúa empujando la misma piedra hasta el fin de los tiempos.

Este sentimiento de lo absurdo se explora principalmente en sus primeras obras, sobre todo en las más conocidas, El extranjero y El mito de Sísifo. Aunque no pertenecen al mismo género literario, el autor las consideraba escritos consecutivos, pues ambas buscan llevar al lector a confrontar la necesidad de reconocer el sinsentido de la vida y, al mismo tiempo, encontrar una manera de querer seguir viviendo.

A través del absurdismo, Camus propone que las personas no busquen el sentido de la vida en las ideologías, las creencias o dogmas que apuntan a un ser superior, ni en la razón que dicta la historia, sino que cada persona busque aquello que le dé sentido a su propia existencia.

Contrario a lo que se cree debido a que su obra suele reducirse a frases sin contexto, Camus no alentaba a vivir una vida de vicios y de total amoralidad por el simple hecho de aceptar que la vida en sí no tiene un sentido, como el que plantean ciertas religiones, ideologías o, incluso, corrientes de pensamiento como el existencialismo, en la cual la nada es la que toma el centro de la existencia humana.

A decir verdad, en trabajos posteriores se atrevió a explorar otras aristas de lo que puede pasar cuando una persona se deja llevar por el lado más destructivo del absurdo, como ocurre en su obra de teatro Calígula, publicada en 1944 y estrenada en 1945.

Su legado literario

A lo largo de su vida, Albert Camus escribió más de 20 textos, entre ensayos, guiones y novelas, algunos de ellos publicados de forma póstuma; es el caso de La muerte feliz, su primera novela, que dejó de lado para poder escribir El extranjero, posiblemente uno de sus libros más leídos. Además de este libro, destacan en su haber:

  • El mito de Sísifo
  • La peste
  • La caída
  • El hombre rebelde
  • El primer hombre
  • Calígula
  • Los justos
  • Cartas a un amigo alemán
  • Reflexiones sobre la guillotina

Albert Camus recibió el Nobel de Literatura en 1957 por su obra literaria que ilumina los problemas de la conciencia humana, y dejó un legado que, si bien muchas veces es malinterpretado, nos acerca y nos confronta con una de las preguntas que han atormentado al ser humano desde hace tiempo: ¿qué hacemos en este mundo?

Al final, Camus defendía el valor de la vida humana, por lo que siempre estuvo en contra de la pena de muerte y de la justificación de cualquier acto que atentara contra la vida. Esta forma de pensar la plasmó en su filosofía, lo que lo llevó a distinguir el absurdismo del nihilismo, una corriente a la que siempre negó pertenecer.

Si bien la respuesta queda en manos de cada quien que decida adentrarse en su obra, Camus nos deja claro que ser conscientes del absurdo con lucidez no tiene por qué llevar al desaliento ni a la desesperación, sino que está en nosotros darle sentido desde nuestra libertad de pensamiento y de acción.

¡Feliz lectura!

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